

La pregunta sobre quién es Jesús recorre todos los evangelios: ¿cómo puede un hombre hablar con tanta autoridad y realizar acciones desafiantes y hacer signos y prodigios nunca vistos si Dios no está con él? (Jn. 7,46; 9, 32-33; Mt. 7,28-29).
A la vista de la tempestad calmada, sus propios discípulos más cercanos se preguntan: ¿quién es este que hasta el viento y el mar le obedecen? ( Mc. 4,41) Al ver a Jesús caminando sobre las aguas, los discípulos quedan estupefactos ( Mc.6,51).
Después que Jesús expulsa a los mercaderes del templo y da vuelta las mesas de los cambistas, se le acercan los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos y le preguntan: “¿Con qué autoridad haces esto?” (Mc. 11,28)
A la samaritana que se extraña de que Jesús le pida agua para beber, Jesús le responde: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice “dame de beber”, tú le habrías pedido a él y él te habría dado agua viva” ( Jn. 4,10).
Cuando descuelgan a un paralítico en su camilla desde el techo de la casa donde se encontraba Jesús, este, conmovido por la fe de aquellos hombres, dice al paralítico: “Hijo, tus pecados te son perdonados”. Y los escribas que lo rodeaban pensaron: “Está blasfemando. ¿Quién puede perdonar pecados sino solo Dios?” (Mc. 2, 1-12)
De manera semejante, cuando Jesús dice a la pecadora que había cubierto sus pies de lágrimas, de besos y de perfume: “Tus pecados te son perdonados”, los invitados a la casa del fariseo Simón comentan entre ellos: “¿Quién es este, que hasta perdona los pecados?” (Lc. 7,49)
El mismo Jesús hace una encuesta entre sus más cercanos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?” (Mt. 16,13), y a continuación: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”
Sus adversarios lo acosan una y otra vez con preguntas sobre su origen, escandalizados con la pretensión de Jesús, “que llamaba a Dios su propio Padre, haciéndose a sí mismo igual a Dios” (Jn. 5,18). Y había disensiones entre la gente y le preguntaban: “¿Quién eres tú? ¿Por quién te tienes a ti mismo?” (Jn. 8,25.53). “Si tú eres el Cristo, dínoslo abiertamente” (Jn. 10,24)
Cuando arrecia la polémica con sus adversarios acerca de su relación con el Padre , ellos le preguntan: “¿Por quién te tienes a ti mismo?” Jesús respondió: “Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada; es mi Padre quien me glorifica, de quien vosotros decís: “El es nuestro Dios” (Jn. 8,53-54).)
Después de sanar al ciego de nacimiento, Jesús se encuentra con él y le pregunta: “¿Crees tú en el Hijo del Hombre?” El respondió: “¿Y quién es, Señor, para que crea en él?” (Jn. 9,35-36)..
Jesús entra triunfante a Jerusalén, la ciudad se conmueve, y decían: “Quién es este?” Y la gente informaba: “Este es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea” (Mt. 21,10-11)
Decisiva es la pregunta del sumo sacerdote que determina la condena de Jesús a muerte: “¿Eres tú el Cristo, el hijo del Bendito?” (Mc. 14,61).
Y queda resonando para siempre la pregunta de Pilato: “¿Eres tú el rey de los judíos?” (Mc.15,2 par). Luego, después de hacer azotar a Jesús; de presentarlo como “el hombre” (ecce homo) y de afirmar una vez más que no encontraba en él ningún delito, Pilato se llena de temor ante la nueva acusación contra Jesús: “Nosotros tenemos una Ley y según esa Ley debe morir, porque se tiene por Hijo de Dios”. Ante esto Pilato pregunta a Jesús: “¿De dónde eres tú?”, lo que equivalía a preguntarle: “Tú, ¿quién eres?” (Jn. 19, 7-9).
Más tarde, Saulo preguntará al que lo había derribado por tierra en el camino a Damasco: “¿Quién eres, Señor?” (Hch.9,5)
El cuarto evangelio hace resonar en boca de Jesús toda la potencia de la revelación del Dios de Israel en el Antiguo Testamento: “ Yo soy el que soy”. “Yo soy me ha enviado a vosotros”. “Este es mi nombre para siempre” (Ex. 3,14-15). “Yo, yo soy, ese es mi nombre” (Is. 42,8). “Sabréis que yo soy Yahvé (Yo soy) cuando abra vuestras tumbas…infundiré mi espíritu en vosotros y viviréis…” (Ez. 37,13). En el cuarto evangelio Jesús se define a sí mismo: “yo soy la luz del mundo; yo soy el camino, la verdad y la vida; yo soy la resurrección; yo soy el pan de vida: yo soy el buen pastor; yo soy la vid verdadera”, etc. Y agrega: “…si no creéis que yo soy, moriréis en vuestros pecados”. “Cuando hayáis levantado al Hijo del Hombre, entonces sabréis que yo soy”. “En verdad, en verdad os digo: antes de que Abraham existiera, Yo Soy” (Jn. 8, 24.28.58). Y al despedirse de sus discípulos reitera: “Os lo digo desde ahora, antes de que suceda, para que, cuando suceda, creáis que Yo soy” (Jn. 13,19).
¿Quién es Jesús? Esta pregunta siguió urgiendo a sus discípulos desde la resurrección del Señor y la venida del Espíritu Santo. Y durante veinte siglos los cristianos han ido balbuceando respuestas, unas certeras, otras no aceptadas; con diferentes enfoques y lenguajes; con distintos énfasis, pero todas buscando acercarse a conocer mejor al Señor Jesús. La pregunta sigue abierta, actual, punzante. Nuestro lenguaje humano siempre será insuficiente para ofrecer una respuesta adecuada.
Si yo aún no lo he hecho, es hora de que me pregunte: ¿quién es este Jesús para mí? ¿Qué tiene que ver él con mi vida? ¿Qué voy a hacer si él me dice: “Tú, sígueme”? (Jn 21,22).
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